Yey.
Pues yo he hecho daño a una de las personas que más ha significado en mi vida, he tenido que dejar atrás mi ciudad y mis amigos para irme a un lugar donde no conozco a nadie y la única persona que sabe consolarme está a más de 1000km de distancia.
Esa sería la versión típica del rincón. Pero no la mía.
En mi versión, sé que las cosas no siempre salen bien, pero no me torturo por ello. Doy gracias por lo que tuve, disfruto de lo que tengo y sueño con un futuro que sé que va a ser muy feliz.
Porque a fin de cuentas, soy afortunada. Porque estoy aquí, en la comodidad y tranquilidad de un hogar, con todas mis necesidades básicas bien cubiertas. Y es algo a lo que estamos acostumbrados, porque así es el mundo que tenemos cerca, el que conocemos bien. Pero mucha gente, muchísma, no tiene ese privilegio.
Sigo siendo afortunada porque disfruto de salud. Tengo ante mí una vida llena de posibilidades que puedo disfrutar al máximo, sin sufrir agonía de ningún tipo. Mi cuerpo no está anclado a ninguna cama, mis sentidos no se encuentran mermados. Mi mente no me traiciona.
Pero no son estos los únicos privilegios. Podré añorar a ciertas personas, pero esa añoranza implica que dichas personas existen, que están ahí, y que con mayor o menor dificultad, puedo disfrutar de su compañía.
Hay gente a la que quiero, hay gente que me quiere.
Puedo abrir la puerta y sentarme a compartir un rato con mi familia. Una familia maravillosa, donde no existen los gritos ni las malas caras, los reproches o las ofensas. No estoy sola...
Y tengo un regalo. Con total certeza, una de las personas a las que más quiero, que más me importa. Un niño al que vi nacer y crecer, del que siempre me he sentido responsable, orgullosa. Un niño que ya no lo es tanto, pero que pese a ello no deja de ser mi pequeñajo. No hay día que no me lance sobre él al volver de clase, para revolverle el pelo o simular una pequeña lucha. Me sorprende lo fuerte de nuestro vínculo, el que nunca nos hayamos enfadado el uno con el otro bajo ninguna circunstancia. Adoro a mi hermanillo, sin duda alguna.
¡Y mi perro! No puedo olvidarme de él. De sus saltos cuando llego a casa, como si llevase meses fuera de ella. Cuando te persigue por la casa buscando que juegues con él, se te quitan todas las penas que pudieses tener encima.
Por supuesto, los amigos. Que si algunos no lo son tanto, que si otros te traicionan, que si aquellos únicamente miran por sí mismos. Tonterías. De todo hay en este mundo y hay que aceptar que no siempre daremos a la primera con gente con la que nos sintamos bien. Pero cuando encuentras a un buen amigo, aunque sea uno solo, comprendes que merece la pena arriesgar, pues la recompensa es enorme.
No puedo quejarme. Sin buscarlo siquiera, la gente ha estado ahí, preocupándose por mí, tendiéndome sus manos. Personas que me han demostrado muchísimo, que me han apoyado en los malos momentos, que no han dudado en darlo todo por mí. Tantas y tantas horas compartidas, tantas lágrimas, tantas risas... incluso cuando alguna de esas personas desaparece de tu vida para siempre, guardas contigo su recuerdo. Un pequeño tesoro que siempre te acompañará.
Y por último, aunque nunca me ha gustado tener que incluir el amor en el grupo de las cosas que aportan felicidad, no puedo negar que contribuye. Podemos vivir perfectamente sin él, pero qué afortunado se siente uno cuando la persona a la que amas te estrecha entre sus brazos...
En esta vida he amado, me han amado. También nos hemos hecho daño, hemos roto tantos y tantos sueños... y aún así, siempre merece la pena. Siempre apuestas por la felicidad, por vencer los miedos.
He vuelto a apostar, y me encanta el resultado. Se hace esperar, se disfruta en pequeñas dosis. Pero nada de eso va a quebrantar mi voluntad, firme, llena de ilusiones y esperanzas.
Qué decir... hoy no ha sido un día nada especial. Descansando en casa, perdida en mis propias ensoñaciones. O lo que es igual... sigo teniendo todo aquello que he mencionado. Puedo decir que hoy he vuelto a disfrutar de un día maravilloso. De la felicidad