Bueno, suelto tocho de anecdotas relacionadas:
El año pasado me trasladé a Budapest por motivo de estudios. El caso es que tuve algunos problemas con el alojamiento al principio y tuve que mudarme varias veces a diferentes pisos. En una de las mudanzas iba con dos enormes maletas, una mochila y el portátil. Como no tengo coche y no se prestaban a pedirme un taxi para la mudanza decidí tirar de metro para llevar las cosas de un sitio a otro. Así que cuando estaba en el metro (las puertas de este se cierran automáticamente, no hay botones de apertura ni cerrado, además hay veces que lo hacen violentamente.) subí con todos mis trastos y de repente vino un hombre corriendo hacia la puerta, pensé que intentaba entrar en el metro así que le hice hueco para que cupiera. Pero no llegó a entrar, la puerta le pillo el brazo y como pudo lo retiro, eso sí, con una cara que me dolió hasta a mí. Sin embargo, había dejado caer algo dentro del metro, no me dí cuenta de que era hasta que reaccioné de lo sucedido.. Era mi portátil, me lo había dejado en el andén!!
No tuve ocasión de agradecerle al hombre el gran favor que me había hecho, pero los problemas que me ahorró con ese gesto... Dios sabe que ese hombre se ha ganado el cielo!
En otra de estas, por Budapest también, iba perdido por la ciudad, llevaba tan solo un par de días por aquí y no conocía nada de la gente, ni costumbres ni calles ni si podía fiarme mucho de la gente. El caso es que con el mapa en la mano y mirando los nombres de las calles (que al principio me parecían todos iguales) debería tener una pinta de guiri alucinante, porque de repente paró un coche y una señora algo mayor se ofreció a llevarme a donde quisiera. Mi primera reacción fue de sorpresa y una vez dentro del coche empece a pensar que tal vez no debería confiar con tanta facilidad en los desconocidos (empecé a imaginarme como me despertaba en la bañera de un motel de carretera llena de hielo con una cicatriz en la espalda) porque el trayecto se estaba haciendo largo y la mujer no paraba de hablarme en húngaro (del que yo no entendía ni papa) además que el coche era una vieja tartana. Al final me dejó en la puerta del sitio donde me dirigía e hizo una maniobra no demasiado reglamentaria para volver de donde veníamos y meterse en otra calle, de lo que deduje que incluso se había desviado del camino que tenía que tomar ella para acercarme. Cuando bajé tenia ganas de darle un beso en la frente a la señora por como se había portado. Le dije mil veces gracias en todos los idiomas que sabia a ver si con alguno me entendía, pero creo que con la cara me comprendió bastante bien.
Y como estas algunas más, pero no voy a alargar esto más que ya es bastante tocho
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Siempre hay gente dispuesta a obrar bien aunque en el mundo lo que sobren sean cabronazos.
Por mi parte, lo que puedo decir es que una vez entrando al lavabo de una área de servicio, sobre el cachirulo metálico en el que se coloca el papel higiénico encontré un teléfono móvil, que por aquella época era bastante nuevo. Me entró la duda de quedármelo o devolverlo, pero fue terminar de “liberar a la bestia” y busqué un número de alguien que pudiera hacerse responsable de él. El hombre que apareció incluso quería invitarme a desayunar por haberle devuelto el teléfono.
En fin, reitero: Siempre hay gente dispuesta a obrar bien aunque en el mundo lo que sobren sean cabronazos. Lo importante supongo es saber tomar la decisión adecuada.