› Foros › Off-Topic › Miscelánea
En “El Club de los Elegidos (Tendencias), David Rothkopf analiza a ese 0,0001 por ciento de la población mundial que controla el destino de los restantes 6.000 millones; un grupo de poderosos formado por políticos, religiosos, hombres de negocios, artistas, militares, terroristas internacionales…
Más de 3.000 millones de personas viven con menos de dos euros al día y el 44 por ciento de ellos sobrevive con menos de uno. Pero las desigualdades van más allá cuando, como David Rothkopf denuncia en El Club de los Elegidos, sabemos que sólo un diez por ciento de la población mundial controla el 84 por ciento de la riqueza, y que los que deciden las vidas de toda la humanidad representan el mísero porcentaje del 0,0001 por ciento. Es el grupo de los 6.000 de una población de 6.000 millones de personas (élite que abarca todas las manifestaciones humanas: política, religión, economía, cultura, poder militar o, incluso, terrorismo internacional). Con estas mareantes cifras se demuestra que hemos vivido siempre en un mundo de desigualdades dictado por una élite que casi nunca ha querido ayudar a paliarlas. Un grupo privilegiado que está formado en su mayor parte por la meritocracia que tan bien ha sabido vender Estados Unidos con su máxima del “sueño americano”.
Muchas de esas inmensas fortunas dependen, en gran parte, de la suerte: no es lo mismo nacer en el seno de una familia adinerada de Kensington Gardens, en Londres, que en una aldea de Guinea Ecuatorial; las herramientas de las que dispondrá el primer afortunado para formar parte de los 6.000 dioses de la economía o política mundial serán mucho más efectivas que las de un campesino africano, por brillante que éste sea. Si Obama (hijo de un inmigrante Keniano) es actualmente presidente de la nación más poderosa del mundo es gracias a la increíble red de contactos que esta clase dominante y multimillonaria ha desarrollado a lo largo del siglo XX en las escuelas de los elegidos, como las universidades de Harvard y Yale o academias militares como West Point, donde se cultivan las clases dirigentes del nuevo milenio.
El poder de Norteamérica
Rothkopf intenta poner cara y nombre a algunos miembros de este club de los elegidos y, sobre todo, busca explicar por qué el mundo ha llegado a esta triste situación durante el siglo de las libertades políticas y económicas. Pero él no ha sido el primero en señalar con el dedo y denunciar esta situación. El Club de los Elegidos está muy influido por el trabajo de un profesor de Sociología de la Universidad de Columbia, Charles Wright Mills, quien en 1956 publicó un libro llamado La élite del poder que analizaba la estructura del poder norteamericano. Para el profesor Mills, “Esta ‘élite de poder’ nacional está compuesta de hombres cuyas posiciones les permiten transcender los entornos comunes de los hombres y mujeres corrientes; tienen puestos que les permiten tomar decisiones que tienen consecuencias importantes. Están al mando de las principales jerarquías y organizaciones. Manejan la maquinaria del Estado y reclaman sus prerrogativas. Dirigen la institución militar. Ocupan puestos de mando estratégico de la estructura social, en los cuales se centran los medios efectivos de poder y riqueza, y la celebridad de la cual disfrutan.”
Estas elites trabajan para que sus miembros se relacionen entre sí, entrelazando los diferentes poderes del país: “Desde los altos cargos en el gobierno hasta los puestos superiores de las grandes empresas, desde el gabinete de la Casa Blanca hasta el salón de las juntas directivas, desde los mandos militares hasta el liderazgo político, de una posición de responsabilidad a otra”. Es lo que Rothkopf denomina “la puerta giratoria”. Muchos jefes de gabinete vienen de las grandes empresas y, cuando acaban sus legislaturas, vuelven a ellas como consejeros. Y lo mismo sucede con el alto poder militar: muchos generales acaban trabajando como consultores de la gran industria armamentística con sueldos escandalosos. Las grandes multinacionales creen lícito contratar a esta gente por sus contactos (es mucho más sencillo para un General llamar a un colega todavía en activo para que eche un vistazo a un sustancioso contrato de defensa de la empresa para la que trabaja). Para ellos no existe lo que llamamos “tráfico de influencias”, penado en algunos países. La poca regulación existente en estos casos y el vacío legal (propiciado por fiscales y jueces afines) hace que disfruten de grandes ventajas empresariales vedadas para otras compañías sin una red de contactos.
La tan cacareada libertad de mercado norteamericana lleva hipotecada desde el final de la Segunda Guerra Mundial, cuando el Presidente de General Motors, Charles Wilson, apuntó que para evitar una recesión de posguerra la nación necesitaba crear una “economía de guerra permanente”, un sistema que ha conseguido que Estados Unidos gastase billones y billones de dólares hasta el final de la Guerra Fría a mediados de los años 1990, cuando la caída del Muro de Berlín y la separación de la antigua Unión Soviética hizo patente la ineficacia de tanto gasto militar. Lamentablemente, los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 fueron el detonante de la conocida “Guerra contra el Terror”, que ha devuelto a las grandes contratistas de defensa (Lockheed Martin, Boeing o Northrop Grumman) su puesto privilegiado gracias al gran gasto que el gobierno de Bush Jr. destinó a esta absurda política.
Sé globalizado
Aunque el libro de Mills siga teniendo vigencia en el trabajo de Rothkopf (la estructura del poder no ha cambiado mucho en Estados Unidos desde 1956), lo cierto es que estas teorías se encuentran un poco desfasadas en el actual marco internacional, dominado por la globalización. Como Christopher Lasch observaba en La rebelión de las élites y la traición de la democracia: “El mercado en el cual operan las nueva élites es ahora de alcance internacional. Sus fortunas están ligadas a empresas que operan más allá de las fronteras nacionales. Sus lealtades -si el término no resulta anacrónico en este contexto- son internacionales más que regionales, nacionales o locales. Tiene más en común con sus homólogos en Hong Kong o Bruselas que con las masa de norteamericanos todavía no conectada a la red de comunicaciones globales.”
Este mercado internacional, esta globalización, no sólo está produciendo una economía sin fronteras, sino también un sistema de clases sin fronteras. Incluso los más acérrimos antiglobalizadores (aquellos gobernantes en contra del gran poder estadounidense en el mercado global del siglo XXI) pertenecen a esa élite dirigente con poco apego a la democracia, como Hugo Chavez, Presidente de Venezuela; Vladimir Putin, Primer Ministro de Rusia, y Mahmud Ahmadineyad, Presidente de la República Islámica de Irán. Altos gobernantes internacionales que han creado su propia red de contactos anti-norteamericana más allá de los círculos y herramientas de las élites aliadas con Estados Unidos, como las reuniones del Fondo Monetario Internacional en Davos (Suiza) o los diversos G, como el G-8 o el G-20. Una red de contactos que se retroalimenta gracias a la no tan oculta red de los superpoderosos “que se extiende desde South Kensington hasta Dubai; desde los centros de formación de Harvard, Yale, Cambridge y la Universidad de Tokio hasta los lugares de reunión de las juntas de las instituciones culturales, los bancos y los organismos políticos. Unidas por intereses comunes, una cultura común y aviones privados, estas islas se han convertido en un rutilante y poderoso archipiélago rodeado de mares de aspirantes y personas anónimas que trabajan para ellas, son afectadas por sus decisiones de mercado, destruidas por sus impulsos políticos, y profundamente influidas por sus ideas”.
Uno entre un millón
David Rothkopf da muchos nombres a lo largo de El Club de los Elegidos pero no ofrece una lista completa de esos 6.000 individuos que él y sus colaboradores han clasificado como pertenecientes a la élite mundial (existe una lista en la versión inglesa de Wikipedia con más de doscientos nombres ordenados por países). Más que nada porque, como el mismo autor indica, “en cada época, en cada circunstancia, hay grupos de personas en la cumbre de sus especialidades –algunas muy conocidas, otras invisibles– que dominan el mundo que las rodea” y sería muy complicado señalar con el dedo a esos 6.000 cuando la mayoría de ellos pueden dejar de estar entre los elegidos el año que viene. Algunos grandes empresarios continuarán en sus puestos a lo largo de sus vidas (y sus hijos heredaran seguramente parte de sus privilegios) gracias al legado económico inventado por los grandes magnates de finales del siglo XIX, como Andrew Carnegie y John D. Rockefeller. Los dignatarios políticos de las grandes naciones tienen entre ocho y doce años para ejercer su poder (irónicamente, son sus secretarios, ministros o consejeros los que saltan a la industria privada para mantener siempre sus vínculos con estas élites). Los altos cargos religiosos son de por vida, pero el aura de poder de artistas comprometidos con el medio ambiente y las causas humanitarias como Bono, Bob Geldof o Angelina Jolie y Brad Pitt suele durar mucho menos que la vida media de una gran empresa que siga alimentando los bolsillos de sus accionistas en vez de preocuparse por estos graves problemas mundiales.
Rothkopf conoce muy bien a estas clases dirigentes (ha trabajado con la administración Clinton o con Henry Kissinger y ha sido un asiduo a las reuniones anuales de Davos) y sabe que la lucha por conseguir un mundo más igualitario ha sido siempre un fracaso. Para cambiar esto, todos (nosotros y ellos) deberíamos preguntarnos lo siguiente: “¿Quién tomará las primeras medidas para el cambio? ¿Las élites serán destronadas, una vez más, por otras élites que actuarán en nombre del pueblo, pero que, en realidad representan sus propios intereses? ¿O el progreso finalmente mostrará que la verdadera estabilidad reside en el equilibrio entre libertad y justicia, entre crecimiento e igualdad, entre mercado y Estado, y entre los pocos que lideran y el resto de personas, que son de las que debe surgir la legitimidad de los líderes?”.
Texto Manu González Ilustración Quelot
dark-kei escribió:Interesante, el libro puede estar muy muy bien.
A mi 6000 me parece que son muchos, yo creo q son muchos menos, pero claro depende de la escala con que se este midiendo y los criterios que esten usando.
vpc1988 escribió:y se dice que esa gente son unos completos desconocidos, nada de zapatero, obama, bill gates, etc etc etc.
gente que se supo aprovechar de la estupidez humana, politicos, religiosos, terroristas... nada nuevo bajo el sol
vpc1988 escribió:y se dice que esa gente son unos completos desconocidos, nada de zapatero, obama, bill gates, etc etc etc.