
He quedado con Jaime Alcázar en una boca de metro. Se me acerca encogido y encorvado, mirando a los lados de soslayo para asegurarse de que nadie le sigue. Y es que Jaime, de 71 años, vive un calvario cada día en el transporte público. La línea que él utiliza conduce al campus universitario, por lo que no son pocas las mañanas en las que, entre empujones, no puede evitar que su rostro se hunda entre los senos de una veinteañera. Ha demandado ya a treinta estudiantes por acoso sexual.
Una vez acomodados en el vagón, Jaime empieza a sacar fiambreras de su mochila. “Almuerzo en el metro desde hace años, por motivos de trabajo”, dice mientras abre el recipiente que contiene una ensalada de arroz, intentando no darle un codazo a la mujer que tiene sentada al lado. Luego empieza a explicarme la historia de sus encontronazos con el sexo opuesto. Hace casi veinte años, en una manifestación, una muchedumbre lo empujó contra el escote de una señora. “Casi muero ahogado. ¿Usted cree que disfruté notando cómo las mollas de aquella mujer se me metían en la boca mientras cientos de personas empujaban y daban tirones detrás mío? No es una situación agradable, pude haber muerto”, explica con rabia. “Estás rodeado de miles de personas mientras el escote de alguien te ahoga y nadie se molesta en ayudarte o en llamar a una ambulancia”.
Según Jaime, lo peor es cuando explica su problema. Son muchos los que le escuchan con media sonrisa o, directamente, fingen compasión sin esconder el sarcasmo. “Mientras tanto, todas esas chicas intentan provocarme cada mañana. No hay día en el que no aprieten su muslo contra mi mano o en el que sus ‘frota-frota’ no me hagan sentir sucio. Pero claro, ¿qué puedo hacer? ¿Ponerme a chillar?”, dice mientras limpia con el sobaco la cuchara que ha usado para comerse la ensalada de arroz.
Llevamos ya veinte minutos de trayecto y el metro ha llegado a la zona céntrica de la ciudad. El vagón está abarrotado. Jaime Alcázar es ya un hombre mayor pero yo me he tenido que levantar para cederle el asiento a una embarazada. Así que, mientras pelo una mandarina, he desabrochado la camisa de una anciana sin darme cuenta. Por suerte, ella no se ha enterado, pues tiene la cabeza bajo la axila de otro pasajero.
El entrevistado ha solicitado ayudas al Gobierno para poder pagarse un chófer personal y ahorrarse así el sufrimiento que implica coger cada día el transporte público. “No digo que todas esas chicas cojan adrede el metro a la misma hora que yo. No soy ni tan egocéntrico ni tan estúpido. Pero a veces me siento culpable de que la línea 1 vaya tan llena, la verdad”.
Línea 1 del metro de Barcelona.
- Croquetas de pollo.
- Ensalada de arroz.
- Mandarinas.
- Kit-Kat.
Total: cortesía del entrevistado.
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