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No ha sido la peor gala de los Goya de la historia, pero sí la más antitelevisiva ceremonia en los últimos diez años. Una emisión no digna ni de la calidad de nuestro actual cine español, ni de esa TVE que nos enseñó a amar la televisión más creativa.
Decía Manel Fuentes que se encomendaba a Rosa María Sardá, pero no le sirvió de mucho. No vimos al Manel habitual, quizá estaba nervioso. Y es que no era una presentación fácil. El maestro de ceremonias perpetró un monólogo inicial de primero de máster El Club de la comedia, donde sorprendió que estuvo constantemente muy atado al guion, cuando Fuentes destaca también por su capacidad de improvisación como demuestra en programas como Tu cara me suena. En esta gala de los Goya, en cambio, le vimos sobreactuado, con una gesticulación excesiva, y sin el gancho necesario para dejar pegado a la pantalla al público.
No era un reto sencillo, pero tampoco ayudó el envoltorio. Una realización con iluminación estándar y un fondo de escena que recordaba a la última gala navideña de José Luis Moreno. ¿Podemos huir ya del decorado clónico que sirve para cualquier cosa?
Esa misma luz, más propia de un supermercado, hizo flaco favor a los actores en el patio de butacas: los asistentes no salieron nada favorecidos. Al contrario, las cámaras en alta definición encima desvelaron los brochazos del maquillaje en un auditorio que parecía más pequeño de lo que es.
Eso sí, hay que reconocer que Fuentes consiguió un prólogo emotivo recordando el icónico buen cine español y, además, intentó incorporar una escaleta ágil, que no se perdía en rodeos, en rellenos innecesarios e iba al grano.
Pero este ritmo no se entendió, ni funcionó. Al final, el resultado parecía una amalgama de ideas ya vistas, un batiburrillo de elementos en el que tampoco faltó la actuación musical de un grupo de actores para evidenciar, suponemos, que no sabemos hacer shows musicales en este tipo de galas. De hecho, ni sonó la música de fondo por la tele. Sólo se escuchaban los berridos de nuestros entrañables intérpretes con Fernando Tejero al frente. Ellos no tenían la culpa, pobres. Desafinando a lo grande. Consiguiendo que la gala rozara lo amateur si se compara con cualquier entrega de premios análoga en otro país.
Tampoco faltaron los sketches de siempre. Y ese fue el principal problema: la retransmisión se hizo previsible y eterna, a diferencia de las ceremonias de Buenafuente, Eva Hache o Rosa María Sardá en las que el espectador se quedaba hipnotizado por el carisma del sarao y porque existía esa emoción espontánea (con giros dramáticos incluidos) que generaba la sorpresa.
Una noche que también sufrió los extensos agradecimientos a familiares de los galardonados. ¡Hay que currárselo un poco más y nada de sacar chuletas en papel!
madsuka escribió:No ha sido la peor gala de los Goya de la historia, pero sí la más antitelevisiva ceremonia en los últimos diez años. Una emisión no digna ni de la calidad de nuestro actual cine español, ni de esa TVE que nos enseñó a amar la televisión más creativa.
Decía Manel Fuentes que se encomendaba a Rosa María Sardá, pero no le sirvió de mucho. No vimos al Manel habitual, quizá estaba nervioso. Y es que no era una presentación fácil. El maestro de ceremonias perpetró un monólogo inicial de primero de máster El Club de la comedia, donde sorprendió que estuvo constantemente muy atado al guion, cuando Fuentes destaca también por su capacidad de improvisación como demuestra en programas como Tu cara me suena. En esta gala de los Goya, en cambio, le vimos sobreactuado, con una gesticulación excesiva, y sin el gancho necesario para dejar pegado a la pantalla al público.
No era un reto sencillo, pero tampoco ayudó el envoltorio. Una realización con iluminación estándar y un fondo de escena que recordaba a la última gala navideña de José Luis Moreno. ¿Podemos huir ya del decorado clónico que sirve para cualquier cosa?
Esa misma luz, más propia de un supermercado, hizo flaco favor a los actores en el patio de butacas: los asistentes no salieron nada favorecidos. Al contrario, las cámaras en alta definición encima desvelaron los brochazos del maquillaje en un auditorio que parecía más pequeño de lo que es.
Eso sí, hay que reconocer que Fuentes consiguió un prólogo emotivo recordando el icónico buen cine español y, además, intentó incorporar una escaleta ágil, que no se perdía en rodeos, en rellenos innecesarios e iba al grano.
Pero este ritmo no se entendió, ni funcionó. Al final, el resultado parecía una amalgama de ideas ya vistas, un batiburrillo de elementos en el que tampoco faltó la actuación musical de un grupo de actores para evidenciar, suponemos, que no sabemos hacer shows musicales en este tipo de galas. De hecho, ni sonó la música de fondo por la tele. Sólo se escuchaban los berridos de nuestros entrañables intérpretes con Fernando Tejero al frente. Ellos no tenían la culpa, pobres. Desafinando a lo grande. Consiguiendo que la gala rozara lo amateur si se compara con cualquier entrega de premios análoga en otro país.
Tampoco faltaron los sketches de siempre. Y ese fue el principal problema: la retransmisión se hizo previsible y eterna, a diferencia de las ceremonias de Buenafuente, Eva Hache o Rosa María Sardá en las que el espectador se quedaba hipnotizado por el carisma del sarao y porque existía esa emoción espontánea (con giros dramáticos incluidos) que generaba la sorpresa.
Una noche que también sufrió los extensos agradecimientos a familiares de los galardonados. ¡Hay que currárselo un poco más y nada de sacar chuletas en papel!
fuente: http://kcy.me/z1po