Elogio de GoliathPublicado por
Toni García Ramón
La primera tentación, obvia, es ponerse a buscar frases grandilocuentes pronunciadas por tipos que hubieran trabajado con él y adornar con ellas un artículo de situación; la segunda, lógica, es tratar de ser trascendente, no es para menos tratándose de quien es; y la última, banal, es explicar por qué Philip Seymour Hoffman era el mejor actor de su generación. Por qué ni uno solo de los actores que orbitan alrededor de esa supernova a punto de estallar que es Hollywood hubiera podido hacerle sombra aunque se lo hubiera propuesto.
Basta con echar un ojo a 1967: Guy Pierce, Mark Ruffalo, Jamie Foxx, Paul Giamatti o Benicio del Toro nacieron el mismo año que Seymour Hoffman. Todos ellos son actorazos (debería haber poca discusión sobre ello) pero —exceptuando a Giamatti— tendríamos verdaderas dificultades para encontrar esa película fundamental que define sus carreras. En la del hombre que nos ocupa, muerto ayer por culpa de un chute de heroína, la dificultad sería nombrar solo una: Happiness, Capote, The master, Boogie nights, El talento de Mr. Ripley, La última noche, Casi famosos o Magnolia le vienen a uno a la cabeza a borbotones. No hace falta esforzarse para rememorar sus personajes, ni siquiera cerrar los ojos: simplemente están allí.
La cuestión sigue siendo: ¿por qué? Y la respuesta (al menos una de ellas) es que Seymour Hoffman era un tipo relevante. Un actor bueno en las malas películas; brillante en las medianas; inolvidable en las buenas. Un hombre que no daba ninguna escena por perdida y al que podías poner en una esquina sabiendo que indefectiblemente en aquel lugar donde las paredes se encuentran habías dejado un seguro de vida. A este grande de cuarenta y seis años al que le pudieron las drogas cuando pocos se lo esperaban, le gustaba disfrazarse de Goliath, el gigante torpón, y fingir que jugaba a perder: el gigante condenado a ser el ornamento cuando te contaban la historia: «sí, le recuerdo, era un gran actor secundario». Como la sombra que se pasea por un plató esperando a que David le atice con la honda.
Sin embargo, Goliath no tenía nada de secundario, incluso en las películas donde —supuestamente— encajaba en ese rol. Seymour Hoffman era de esos tipos que no robaba las escenas sino que las secuestraba. Daba igual quién le pusieras delante, él iba a lo suyo. Pocos actores han dominado la escena con tan poco, con esa figura de currante que acaba de salir del bar después de tomarse la última caña. Arrastrando los pies, frunciendo el ceño, murmurando hasta hacerse inteligible. La misma actitud que tomaba ante los periodistas cuando no le apetecía hablar. Esa misma cara que se le quedaba cuando se fumaba un cigarro antes de la entrevista y te saludaba echando —imperceptiblemente— el rostro hacía atrás: no habías empezado y ya se aburría.
Cuando le dieron el primer protagonista-protagonista se llevó el Óscar. Seguramente subió al escenario con ganas de decir «que os den por el culo» pero se mordió la lengua. Goliath no era de improperios, más bien de monosílabos y algún gruñido. Naturalmente, el tipo era encantador si le pillabas de buenas o si lo que defendía le parecía la pera. Las entrevistas de Capote transcurrieron entre risas: era su criatura. Las de Misión imposible III también: interpretaba a un villano tan despreciable que al actor se le salía la retranca por la montura de las gafas. No era tan feliz con The master (harto de las malditas preguntas sobre la Cienciología) o con Los idus de marzo, por razones que al parecer tenían que ver con el mismo motivo que ahora le ha agarrado por el cuello y se lo ha llevado allá donde quiera que van los grandes del cine.
Hablar de sus méritos no es necesario: los diarios van hoy llenos de sus nominaciones, de sus premios, de su talento, de su clase. Algunos se entretienen en el morbo y los detalles escabrosos, que si lo encontraron así o asá. Otros informan, una triste nota de agencia para despedir a un hombre que tenía más talento en el dedo meñique de su pie izquierdo que el que muchos de nosotros lograremos reunir en toda una vida. Un día dijo que su cabeza era demasiado grande, otro que le fastidiaba no verse los pies y al siguiente que su peso ideal eran los noventa y dos kilos. Dedicó el Óscar a su madre, dijo que ser padre le había cambiado la vida y que su mujer era diseñadora de vestuario y que la había conocido en el teatro. Pronto la red se inundará de frases que nunca pronunció y de bromas (malas) sobre el hecho de que algunos sintamos más tristeza por su muerte que por la de alguno de nuestros vecinos (cuando mi vecino interprete a Lester Bangs ya hablamos, majetes). Así es la vida, o eso dicen.
Con Seymour Hoffman desaparece de golpe y porrazo una estirpe de actores compuesta por un solo ejemplar. Para muchos de sus amigos íntimos esta era una extinción anunciada: la afición del actor por la cuerda floja ya le había causado problemas varios que parecía haber superado con la llegada de sus hijos. En su maleta se lleva la memoria de millones de cinéfilos para los que era un referente ineludible y el respeto de todos los que consideran el séptimo arte algo más importante de lo que muchos intentan hacernos creer. Para aquellos que aún consideran el cine un oficio de actores, Goliath les ha hecho una buena putada este fin de semana. Para esos que practican la mediocridad frente a la cámara, su desaparición es una buena noticia: desde hoy mismo ya son menos malos.