Mira que lo tradicional es echar flores sobre alguien que ha muerto.
EL PAIS
Val Kilmer, mal actor, peor persona, pero dueño de un carisma descomunal
El intérprete acumuló un puñado de títulos interesantes, aunque siempre se creyó superior al material que recibía y a los guiones que protagonizó
03 ABR 2025 - 05:30 CEST
Hay algo espeluznante en el documental Val, que por otro lado es un filme fantástico: la constatación del ego descomunal de un actor, el fallecido Val Kilmer, que siempre pensó que la vida y la interpretación le debían algo. Y tan convencido estaba de ello que, primero, se estuvo grabando toda su existencia y, segundo, decidió que no tocaría ni un plano de ese retrato amargo y doloroso. Y podía hacerlo: Val (2021) nació cuando Kilmer contrató a dos montadores para que digitalizaran y ordenaran su archivo. Son ellos —Leo Scott y Ting Poo— los que, anonadados ante lo que veían, le propusieron a la estrella el documental. Él aceptó. Y Val se convirtió en su legado.
También es cierto que entró a los 17 años, uno de los alumnos más jóvenes de la historia, en la prestigiosa escuela Juilliard, en la rama de interpretación. Estaba llamado para la gloria. Era guapo. Era alto. En Val se ven las pruebas que se grabó en su piso para Uno de los nuestros y La chaqueta metálica. Como sabemos ahora, no le eligieron. Le dolió. Había empezado en el cine en 1984 con Top Secret!, que ahora disfrutamos como una comedia gloriosa, pero que sabía a poco para alguien que había debutado en Broadway en 1983 en The Slab Boys, un drama de John Byrne sobre jóvenes trabajadores en una fábrica escocesa de alfombras, en cuyo reparto también estaban Sean Penn y Kevin Bacon. Es más, mientras explotaba su fama con Top Gun (1986) y Willow (1988), encarnaba a Hamlet en 1986 en otra cita de postín: el festival Shakespeare de Boulder (Colorado).
Su obsesión por Mark Twain, al que estuvo dando vida en un monólogo durante años, clarifica lo que pensaba de sí mismo: los directores de cine y de teatro desperdiciaban su talento en algunas ocasiones; en otras, ni se percataban de que ante ellos estaba uno de los grandes de su generación. Solo un genio como Kilmer, intuimos que pensaba, podía —protésicos de por medio— dar vida al gigante de la literatura estadounidense, al escritor que fundó el humor moderno de su país. El mismo Kilmer rodó en 2019 en forma de película (Cinema Twain) su monólogo, porque el mundo no podía seguir sin ver aquella maravilla.
Es cierto: en Hollywood solo se puede sobrevivir con un ego a prueba de bombas. Pero en el camino Kilmer desperdició una oportunidad tras otra: Batman Forever; The Doors; Kiss Kiss, Bang Bang; The Salton Sea... Solo en Heat y Tombstone se confirmó lo que se vislumbraba en el resto de sus trabajos: que podía haber sido algo más que carisma, algo que poseía a raudales, y presencia. En las imágenes del desastroso rodaje de La isla del doctor Moreau se ve a Kilmer indignado porque Marlon Brando no aparece en la filmación y en cambio envía a un doble: Brando podía, Kilmer, no.
Kilmer, que había firmado el proyecto para conocer a su ídolo Brando y como sustituto de Bruce Willis, asiste estupefacto a una demostración de desprecio en su cara con las mismas malas formas que él había esparcido por los platós durante décadas. Se escudaba, para su comportamiento errático, en el dolor que le marchitaba por la muerte de su hermano, una excusa que estiró en demasía. O en que se sumergía por completo en sus personajes, una devoción al método que provocó, tras The Doors, su divorcio de la también actriz Joanne Whalley.
Val Kilmer trabajó con David Mamet, Tony Scott, Francis Ford Coppola, Kevin Smith, Terrence Malick, Joel Schumacher, Ron Howard, Oliver Stone, Michael Mann, Shane Black, Ed Harris, Stephen Hopkins... Con directores geniales, regulares y malos. Da igual. Nunca disfrutó del proceso y, entre medias, se le escapó la vida. ¿Albergaba en su interior el talento que aseguraba poseer? Nunca lo sabremos con certeza: apuntó maneras, mostró chispazos; sin embargo, su egocentrismo dinamitó cualquier resurrección, ahuyentando un postrero salvavidas: que alguien le propusiera un personaje bombón. Al menos Robert Downey jr, su compañero en Kiss Kiss, Bang Bang, tuvo a Tony Stark.