Todo tiene un principio, si, soy bastante reacia a que la gente lea mis cosas pero ese día ha llegado. Os presento mi primer relato aquí.
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Todo era blanco cuando mis ojos se dignaron a abrirse. La cabeza me dolía como si hubiera despertado después de una mala resaca. ¿Qué demonios habría bebido para sentirme tan mal? En unos segundos empezó a llegar gente extraña ataviada con batas blancas y algunos tenían el pelo del mismo color, me rodearon como si fuera un fugitivo de esos que salen en el cine.
«Lo bien que me vendría ahora una aspirina» pensé para mis adentros.
Una guapa enfermera me preguntó con su suave voz:
— ¿Sabes cómo te llamas? —No; ¿quién diablos era yo y que hacía en ese edificio infernal?— ¿Sabes dónde estás? —Maldita sea, no sabía dónde estaba— ¿Sabes por qué estás aquí?
Negué con la cabeza y me limté a mirar hacia arriba, el techo era de color azul pálido, giré la cabeza hacia la máquina que pitaba. Algo en mi mente me decía que estaba en un hospital pero no sabía por qué.
No recordaba nada de lo que había pasado.
Las paredes también estaban pintadas de azul. Giré la cabeza hacia el otro lado y vi un gran cristal desde donde una mujer me miraba con los ojos enrojecidos de llorar. La enfermera me dijo que le apretara la mano primero con la izquierda y luego con la derecha, la apreté lo más fuerte que pude y puso una falsa mueca de dolor que me hizo sonreír.
—Ahora vamos a ponerte un calmante ¿vale?
En la habitación había alguien a mi lado, sólo nos separaba un biombo verde y también se oían las malditas máquinas. El médico salió y pasó la mujer de pelo rojizo.
—Dios mío, pensé que… —se puso a llorar silenciosamente.
La mujer miró hacia el cristal con cara de preocupación. Me removí en la cama y noté que me dolían todos los huesos del cuerpo, miré hacia su reloj.
—¿Quieres saber que hora es? Son las cuatro de la tarde.
Sonreí y pensé «Bah, de diez de la mañana a las cuatro de la tarde sobando. Como cuando no voy a currar»
—Descansa.
Se fue cerrando la puerta tras de sí y yo me eché otra cabezadita hasta las diez de la noche por lo menos. Me despertó una enfermera que venía a ponerme una bolsa de un líquido color mostaza, que sería comida.
«Yo quiero comer un chuletón con una buena cantidad de patatas fritas, no sueros que no puedo degustar»
La enfermera -que no era la de antes- me miró a la cara y dijo:
—Dentro de unos cuantos días podrás volver a comer pero ahora esto es lo que hay.
«Gracias»
Cuando era más consciente pude notar que tenía en la nariz un cable muy fino y en la vejiga una sonda para hacer pis. También había notado que a mi lado derecho tenía una bolsa con sangre que no sabía de dónde salía. Una de las enfermeras me cambió la susodicha bolsa y me puso una nueva e impoluta.
En un punto de la noche -o del día- empezó a sonar una alarma en la habitación en la que estaba, al chico o chica de al lado le pasa algo y no podía ayudarle. Enseguida llegaron muchos médicos y varias enfermeras portando un carrito con una máquina extraña y pude escuchar como decían «tres, dos, uno» y se oía una especie de golpe.
Estuvieron un rato así hasta que volvió a sonar el mismo pitido de antes. Le estaba cogiendo manía a la máquina que pitaba a mi lado. Cerré de nuevo los ojos y desperté cuando noté que una mujer me levantaba el brazo inerte.
Una mujer y un hombre me lavaban con cuidado.
—Mira María, se ruboriza —comentó el chico.
—Que no te de vergüenza, tienes un cuerpo muy bonito.
«Gracias, el tuyo también es bonito»
—Has tenido mucha suerte.
«Seguro»
Una vez más entró el médico de pelo blanquecino y me comentó lo que me había pasado. Según él estuve dos minutos clínicamente muerto dentro de un helicóptero.
—Cuando llegaste aquí pensábamos que no ibas a sobrevivir pero mírate, aquí estás. El golpe que te diste en la cabeza fue muy grave y tuvimos que operarte para drenarte un pequeño derrame y unos cuantos hematomas. Para que el cerebro no se dañe más al paciente se le ponen unos medicamentos para que el cuerpo y el cerebro descansen.
«Vale ¿y?»
—Has estado dormido seis semanas.
«Y yo sin haber podido celebrar el año nuevo. Menudo año de mierda me espera»
Eso de ver tu vida ante tus ojos y el típico túnel con una luz al final es una tontería que inventó Hollywood para sus películas dramáticas. Cuando todo se va al carajo no se entera uno de nada, no hay dolor, no hay sonidos, no hay preocupaciones…